Biblioteca Popular José A. Guisasola


Fragmentos de la autobiografía que escribió para los chicos y que tituló:


Cuando tenía cuatro años una señora vecina empezó a enseñarme a leer y escribir. A los cinco ya sabía. Fui a una escuela del estado y me gustó.

Mi papá me inculcó (por el ejemplo y no por la fuerza) el placer de la buena lectura y a jugar a las rimas y a las adivinanzas en inglés y en español, como si las palabras fueran otros tantos juguetes.

Tuve suerte de que me llevaran a menudo al cine, al teatro de Variedades, al circo, a museos, a confiterías con orquestas, a ver a los Títeres de Podrecca, al Corso en Carnaval.

Cuando terminé la escuela primaria también se me acabó la buena vida en casa grande y para colmo perdí al perro negro que nos había acompañado durante años.

Quizás para consolarme de tantas desdichas empecé a escribir versos. Y también a leerlos, porque casi nadie escribe si antes no le gusta leer. Siempre se empieza imitando.

Parece que a los quince ya escribía regular porque me publicaron un poema en la revista El Hogar y luego otro en el suplemento literario del diario La Nación. ¿Cómo sucedió? Porque siempre hay alguien que tiende una mano abierta.

Seguí publicando con cierta regularidad y ganando como para comprarme libros sin pedigüeñar a mis padres.

Dos años después, en 1947, alentada por algunos escritores a quienes conocí gracias a esas publicaciones, vacié una alcancía en forma de libro donde mis padres me habían ahorrado monedas y billetitos y pagué la impresión de un libro de versos: Otoño imperdonable.

A pesar de que un escritor tan respetado y generoso como Eduardo Mallea lo había ofrecido a las editoriales, ninguna quiso editarlo, como suele suceder con los libros de poesía.
Con algún amigo, también pichón de poeta, salimos a repartir el librito por las librerías. Dábamos risa a los vendedores pero lo ponían en la vidriera y ¡oh milagro! se vendía.

Con dinero prestado me fui a Europa, sin saber de qué diablos iba a vivir allá. Ya no necesitaba permiso porque acababa de cumplir la mayoría de edad.

Uno suele enamorarse mejor de su tierra cuando está lejos. La patria es querida y añorada como la niñez y quizás por eso, por nostalgia, por ganas de volver a jugar en mi propio idioma, empecé a escribir versos para chicos.

Rascando un poco la guitarra me atreví después a ponerles música.

Al volver a la Argentina recorrí bastante las provincias, sobre todo las del Noroeste, cantando y recogiendo coplas y melodías de nuestro tesoro popular.

Junté los versos infantiles escritos en París en el libro Tutú Marambá.

En 1962 estrené Canciones para mirar en el Teatro San Martín, también con limosnita del Fondo de las Artes. Gustó con locura a los chicos y tanto a los grandes que, si no los tenían, pedían nenes prestados para ir a verla y cantar con ellos. Fue uno de los años más felices de mi vida aquél en que todos los fines de semana iba a cantar para una chiquilinada entusiasta, en una de las salas más lindas de nuestro país y del mundo.

En las biografías figuran (y eso es lo que vale al fin y al cabo) las obras que el biografiado compuso. Todo me dio mucho, mucho trabajo. Estas obras (y tantas que descarté) me costaron mucha paciencia, mucha borratina, mucho fracaso, mucho tirarme de los pelos. Pero si me hubieran salido con facilidad, es posible que ustedes, con la misma facilidad, las hubieran tirado a la basura.



"Argentina crece leyendo"

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